Blog de la revista Pellagofio (Semana 30, 23 julio 2012)


Edición semanal digital de la revista Pellagofio

 

Incluye el reportaje...
El gofio y la latonería sin secretos

 

PORTADA VIRTUAL
• Piedras de moler y azufradores

En la segunda cita de “Lecturas de verano” de 2012 (que ofrece online reportajes publicados hace años por Yuri Millares en prensa escrita), el autor presenta el material fruto de la primera entrevista con el molinero y latonero Víctor García Pérez, que tuvo lugar en 1997. Aún no se había jubilado de ninguno de esos dos oficios y compartía su tiempo entre una y otra cosa: la elaboración de gofio y la fabricación de objetos tradicionales de latón. “Antigua- mente todo lo que había era a base de lata, en la bodega los cacharros, los foniles, el medio barril; en la casa igual, todos los cacharros eran de lata”, explica. Empezó haciéndo- se un azufrador y ya no ha parado, dice de su segundo oficio, que comenzó como un hobby y acabó señalándolo como el más experto latonero de La Palma.

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LA REVISTA PELLAGOFIO EN NUESTROS ARCHIVOS

HISTÓRICO DE LA EDICIÓN SEMANAL
• Insólito y poco probable origen de un topónimo

En la serie “Lecturas de verano” correspondiente al año 2011, la segunda entrega fue para un reportaje en el pago de Sitios de Abajo (Gran Canaria), donde en 1994 sólo vivían tres ancianas, hermanas y solteras al cuidado de unos huertos y tres cabras. Por ellas supimos incluso de los antiguos canarios y el origen del topónimo Tirajana (Para acceder, haga clic sobre la imagen de página.)

HISTÓRICO DE LA EDICIÓN MENSUAL
• Sorprendente cata de cervezas canarias

La nueva edición impresa mensual de la revista PELLAGOFIO tuvo su segunda cita con los kioskos el 6 de julio de 2012. El tema de portada, una singular cata de cervezas clásicas canarias, junto a otros materiales igualmente atractivos dentro de sus secciones habituales “Historia oral”, “Rutas y oficios”, “Gastroclub”, “Atlántico” o “Cita con el chef”. Para hojear de modo virtual todo ello puede acceder a la versión online en el nuevo sitio web pellagofio.es. (Para acceder, haga clic sobre la imagen de portada.)


FRASES

CUATRO GESTOS LO PUEDEN CAMBIAR

“Mientras mil millones de personas pasan hambre, en los países industrializados más de la mitad de la población sufre sobrepeso y un tercio de la comida se va a la basura”

“Si juntos decimos que queremos esto en lugar de aquello, nos convertimos en una fuerza que afecta al sistema. Los poderes existentes no pueden ignorarnos: o se adaptan para satisfacer nuestras demandas o, de lo contrario, otros ocuparán su lugar”, argumentan en Intermón Oxfam para explicar su campaña “Crece”. En su columna-blog “El comidista” de El País (18-VII-2012) Mikel López Iturriaga explica los gestos que hay que poner en práctica: “No dejar nunca que se estropee la fruta. Comprar chocolate de comercio justo. Ahorrar energía al cocer verduras. No tomar carne en una de las comidas semanales”.

ENLACE con el artículo “Cuatro pequeños gestos para cambiar el mundo desde la cocina” en la edición digital de El País:
Haga clic aquí

 

EL REPORTAJE DIGITAL / HEMEROTECA YURI MILLARES

Segunda entrega de “Lecturas de verano” de 2012, ahora con Víctor García Pérez, a quien le apasiona rescatar viejos utensilios de abuelos y bisabuelos y que fuera molinero y latonero cuando este reportaje se publicó por primera vez.

 

El gofio y la latonería sin secretos

“La verdad es que trabajo no me falta”, sonríe Víctor García Pérez, “por la mañana en la molina, hasta las dos de la tarde, descanso un ratito y después vengo aquí”, dice en el taller donde desempeña su otra profesión, la de latonero, desde hace relativamente poco tiempo, diez años [en el momento de publicarse por primera vez este rerportaje, en 1997]. “Dinero que gana, herrramienta que compra”, señala su mujer, y es que “desde chico me ha gustado trapichar en cosas de éstas –confiesa él-, pero hasta que no me hice este localsito no me dediqué de lleno”.

 

Aroma a gofio
El aroma del gofio acompaña su vida desde hace más de cuarenta años, los que lleva en la molina. “También es otro trabajo tradicional”, argumenta al indicar que tradición y artesanía, los usos y costumbres de la vida en el campo, son cosas entre las que se siente a gusto.
Piedras, tostar y moler
“En el molino de gofio el sistema es el mismo de siempre: las piedras, tostar y moler. Lo único que hay nuevo es la envasadora”. Habiendo piedra, también habrá quien tenga que picarla de vez en cuando. “Son cuatro empleados y el que la pica es él”, observa la esposa.
Picar la piedra
“El picarla es porque la piedra se gasta. Lleva unas canales, unas rayas, que es por donde sale el gofio, y todo lo que va rozando se gasta –describe-. Las piedras que venían antes había que picarlas todos los meses, hoy no, aguantan seis meses. Hay que estar sentado todo el día con el martillo en la mano tan-tan”.
Rodillos en vez de piedra de moler
También dispone la molina, como última novedad, de unos rodillos de acero. “El gofio sale distinto. Con el molino –de piedra- sale partido, con los rodillos sale escachado, más fino”. No sale igual, además, porque la piedra “le da calor y termina de tostar el grano”.
Delicados para el gofio
El nuevo gofio ha tenido una aceptación desigual. El tradicional también se sigue haciendo. “La gente de La Palma, principalmente de Santa Cruz de La Palma y de Fuencaliente, pa’ gofio son muy delicados. Nosotros ese gofio lo mandábamos para otras islas y nunca nadie protestó, aquí sí. Y en el norte les gusta gordote, suelto. Aquí es como polvos de talco”.
Que no se pierdan
Del martillo que usa para picar la piedra, pasa Víctor garcía a otro martillo por las tardes, el de moldear el latón, su gran pasión en los ratos libres. “Antiguamente todo lo que había era a base de lata, en la bodega los cacharros, los foniles, el medio barril; en la casa igual, todos los cacharros eran de lata”. Él empezó haciéndose un azufrador y ya no ha parado.
Cosas viejas de los abuelos
“Me fui metiendo en todo lo que fue apareciendo, encargos de algún farol, de alguna pieza con medidas especiales; después, en las ferias, ves cosas de otras islas, de otros pueblos; vas rescatando cosas viejas de los abuelos y los bisabuelos y las vas haciendo para que no se pierdan”, relata.
Muchos modelos de cacharros
En el taller hay herramientas, muchas herramientas, pero también multitud de diferentes modelos de cacharros, nuevos unos, bastante viejos otros. Todos con su antigua utilidad, sustituida en bastantes casos ahora por otros de fabricación industrial y diferentes materiales, aunque algunos se resisten a caer en el olvido. Los azufradores, por ejemplo, son muy demandados y utilizados. Igualmente se hacen cántaras para la leche o churreras para bares.
Regadores
Los regadores, que se usabana para los semilleros de tabaco, no han perdido su utilidad, sí algo de su uso. “Hago unos más pequeñitos, de cuatro litros. Los quieren para regar macetitas chiquititas y, en vez de la alcachofa delante, le pongo una manguerita, para que no se bote el agua fuera de la maceta”.
Con plantilla
Al ser de diferente tamaño que los habituales, prepara una plantilla nueva con las medidas correspondientes, como tiene de cada pieza que ha pasado por el taller para su creación.
Flaneras para higos
“Ahí estaban las flaneras –señala a otro rincón del poblado taller-. Normalmente es un caldero que sirve para flanes. Pero sirve para galletas, para gofio, porque es una cacharra con una tapa. Yo los he vendido hasta para higos pasados”, afirma.

 

Víctor García toma medidas de la tapa de una lata para hacer otra similar.

Páginas del reportaje que se publicó originalmente en mayo de 1997 en el periódico La Isla de La Palma, dentro la serie “Gente en la isla”.

En el torno sujeta un molde, para hacer un azufrador.

La pieza de latón se coloca sobre el molde, para darle la forma a la pieza.

 

En el molino de gofio los paquetes con el producto ya elaborado se muestran al público.

 

 

En la bodega, en el corral
Y del hogar a la labor profesional. En la bodega, “la cuarta arroba, que lleva seis litros y cuarto, el fonil, el embudo, porque hay un fonil pequeño y hay en el embudo, que es para pipa grande”; en el corral, “el medio litro, para meterlo dentro de la cántara de la leche, por eso tiene el palo largo, para que llegara abajo. (Ésa está numerada, se ve que pasó por algún registro, para que no la falsificaran y se viera que era el medio litro); hay otro sin palo, para medir de una cátara chica”; o en la mar, “la candileja, para alumbrarse los barquitos pequeños, se llena de petróleo y con un trapo se prendía”.
El calabazo
Pero la pieza más específicamente palmera del taller de Víctor García puede que sea el calabazo, recipiente para coger agua de las acequias y regar a niveles más altos en las plataneras. .
Siempre con 17 piezas
“El primer calabozo que yo hice fue de un modelo de Tazacorte. El que me lo trajo me dijo: ‘Una cosa te voy a pedir, tú lo puedes hacer del tamaño que quieras, pero que lleve las diecisiete piezas del calabazo’. Los hay de catorce litros, de dieciséis; he hecho algunos para colegios de seis y de cinco litros, pero siempre les pongo las diecisiete piezas que lleva para que no pierda la forma”.

Las tolvas sobre las piedras del molino van descargando el grano tostado durante la molienda.

Sacos con el gofio recién molidos en el molino de Las Breñas.

Víctor García en su trabajo del molino, aquí, empaquetando las bolsas de gofio.

Para coleccionistas
Esta peculiar herramienta es apreciada dentro y fuera de la Isla. “Vendo más cuando voy fuera, a las ferias. Hay coleccionistas que conocen la historia del calabazo y lo llevan, para decorar una bodega, para ponerle un bombillo dentro, para una esquina de la casa”.
Competiciones de chiquillos
El palmero es menos comprador de calabazos. “Lo que pasa es que en la parte de Los Llanos y Tazacorte, donde se usaban, todavía hay en las casas. Aún están los canales y las tanquetas, no las han roto, para competiciones de chiquillos, exhibiciones, pero para regar no se utiliza”.
Orígen del calabazo
Por el nombre de esta herramienta, no es difícil imaginar de qué material se hicieron los primeros. “Fueron de calabaza, pero al principio nada más. Se rompería muy fácil, me imagino, con algún golpito”. Así, se pasó a la lata, con sus diecisiete piezas “para que cuadren los cascos y quede más o menos redondo”. Y para moverlo un palo largo, “atravesado de lado a lado del calabazo, para que coja fortaleza, porque el calabazo normal es de catorce litros, algunos de dieciséis, y tiene que estar bien hecho para que aguante catorce kilos a la punta del palo”.
Un palo gordote
El palo, pues, tiene que ser “gordote, para que llene la mano”. Víctor García los hace de riga, “pero me imagino que en aquel tiempo lo que usaban era una vara de algún árbol, de almendrero o de algo fuerte, no andaban cepillando un palo”.
El material del latonero
El latonero trabaja habitualmente con planchas de acero galvanizado. La lata tradicional, sin embargo, era de recipientes de aceite que se aprovechaban para futuros faroles, foniles y, cómo no, calabazos.
Que se viera la lata
“Antes era tan grande la necesidad que se aprovechaba todo lo que había. Las latas de aceite de antes son de mejor calidad que las de hoy, pero yo no las uso mucho, porque a veces las abres, las rompes y pierdes el trabajo, ya que están rumbrientas por dentro o no te alcanzan a la medida que tú quieres”. Para calabazos sí las usa a veces. “Una mujer me encargó una vez y me quedaron muy bonitos. Busqué latas de tres marcas distintas y eran de tres colores. Tuve cuidado de irlas uniendo un pedazo de cada y quedaron preciosos. Incluso las quería con la pintura para fuera, quería que se viera la lata”.

 

► Un farol con 220 piezas contadas
Cada vez que Víctor García hace una figura de latón, utiliza unas plantillas que le dan las medidas de cada uno de los componentes que hacen falta para fabricar artesanalmente, por ejemplo, un farol. El farol antiguo usado en los campos canarios con su puertita y sus otros tres laterales de cristal, para proteger la vela del aire, consta de 37 piezas, cristales incluidos.

“Hay que marcar, doblar y cortar, es un trabajo minucioso”, asegura este latonero. “Cada vez que hago una cosa nueva, hago la plantilla y la dejo preparada”.

Las plantillas las tiene en el mismo material que las utilizadas para fabricar cada elemento, es decir, en acero galvanizado. “Al cortar para uno, corto uno más y lo guardo”. El material, además, es resistente.

“Hombre, si lo pones al lado del mar, donde le da mucho el salitre. Se echa a perder, pero es un material que dura mucho”, insiste.

Para cortar las láminas tiene una máquina que hace el trabajo para piezas rectas. “Ahora, todo lo que es curvo tiene que ser a mano, a tijera”. Un trabajo, entonces, menos cómodo, pero siempre minucioso. “Esto lo hace uno porque le gusta, si no, no lo haces, hay que tenerle cariño a lo que haces cuando lo terminas”, explica, sin duda manifestando el cariño de que habla hacia las cosas que le rodean en el taller.

Pero no todos los faroles son de esos antiguos de campo y Víctor García recibe con frecuencia encaros para hacerlos con otros diseños, e, incluso, otros materiales. “Uso latón amarillo y después lo barnizo con un barniz para metales, porque el material que viene hoy es una calamidad, con la mano sudada ya se queda manchado”.

Un farol con otro diseño dignifica hacer plantillas y eso, a su vez, implica estudiar el modelo original. Él lo mira con detenimiento y hace sus cálculos. “Este tiene 220 piezas”, asegura, “no hay sino que mirar y medir, y como ya he hecho las plantillas, sé las piezas que he cortado”.

 

Textos y fotografías: Yuri Millares.

 

 

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