ATLÁNTICO > Bocanegra + Totoyo Millares, viajero en el correíllo (y 2)

BOCANEGRA

Escamas ásperas, carne magra y fina
Yo fui en el correíllo / 6

 

Alternando con el marisco de profundidad, la página Atlántico ofrece en esta ocasión un pescado que también habita en aguas profundas, el bocanegra (Helicolenus dactylopterus). También llamado en España gallineta y en Canarias cabracho, se le conoce en Madeira y Azores por bocanegra. No debe confundirse con otros peces de aspecto parecido como el obispo, el cantarero o el rascacio. Más abajo en la misma página, el testimonio de quienes viajaron en los populares correíllos ofrece el relato del timplista Totoyo Millares: "Una noche en cubierta con frío y chorizo de Teror".

 

'HELICOLENUS DACTYLOPTERUS'

 

Escamas ásperas, carne magra y fina

Por J. A. González, J. I. Santana y grupo de Biología Pesquera
(Instituto Canario de Ciencias Marinas)

DESCRIPCIÓN
Cuerpo alargado, aunque más alto en la región anterior. Cabeza grande, maciza y con espinas. Ojos grandes. Una aleta en el dorso y otra detrás del ano (mucho más corta) con la parte anterior espinosa y la posterior blanda. Las aletas del pecho son redondeadas, con 8 a 9 radios inferiores no ramificados y libres en su tercio distal (eso significa dactylopterus). Borde posterior de la cola recto. Escamas del cuerpo a modo de peinecitos, ásperas al tacto; el hocico y la parte ventral de la cabeza sin escamas. Color variable: dorso y lados rojizos, vientre rosado; 5 a 6 bandas oscuras en el tronco y pedúnculo de la cola; una mancha oscura en parte posterior de la aleta dorsal espinosa y otra azul claro en la parte superior del opérculo (tapa de las agallas); interior de la boca azul oscuro (de ahí lo de “bocanegra”).

BIOLOGÍA
Habita en mares templados del océano Atlántico occidental y oriental entre 70º N y 46º S. En el Atlántico oriental, desde Islandia y Noruega hasta el Mediterráneo y Sudáfrica (desbordando por la región de Natal en el Índico), incluyendo Azores, Madeira y Canarias. Vive ligada a los fondos (especie bentónica y epibentónica). En Canarias, donde es común, se encuentra sobre sustratos rocosos y rocoso-fangosos, entre 105 y 975 m de profundidad, más abundante desde 350 hasta 500 m. Hembras maduras en noviembre. Alcanza una talla máxima de 45 cm de longitud total (1.630 g), común desde 20 cm (140 g) hasta 30 cm (465 g). Talla mínima de captura recomendada, 32 cm. Carnívoro, se alimenta de crustáceos, peces, cefalópodos, estrellas de brazos largos, gusanos y otros invertebrados.

INTERÉS PESQUERO
En Canarias solía pescarse con aparejos de anzuelo (liñas de mano y palangres) y nasas, con nivel de explotación alto e interés comercial elevado. Las pescas de investigación indican que también se captura con nasas suspendidas 3 m por encima del fondo. Nuestros proyectos Interreg III B Pescprof I-III (2003-2007) han demostrado que, en el intervalo de profundidad de 350-650 m, las nasas de fondo capturan preferentemente cangrejo buey canario, cangrejo rey, congrio y bocanegra, que están siendo objeto de divulgación y promoción. Ver números de octubre y diciembre de 2006 de PELLAGOFIO.

UTILIZACIÓN Y VALOR NUTRICIONAL
Se utiliza sobre todo en fresco, también refrigerada o congelada. Se comercializa entera y, a veces, en rodajas. Se le suelen quitar las tripas cuanto antes, para evitar que el hígado, muy frágil, contamine la parte comestible del pez. Este pescado se prepara generalmente frito o hervido (al tiempo que se usa para obtener caldo). Carne blanca, muy firme, de excelente calidad. Pescado magro (blanco), muy fino, conteniendo 1,9% de grasas, 18% de proteínas y 2,3% de minerales. Aporta 90 kilocalorías, 14 mg de ácido oleico, 47 mg de ácidos grasos omega-3 y 2 mg de omega-6 por cada 100 gramos de porción comestible.

MÁS INFORMACIÓN
www.pescprof.net
www.pescabase.org

El pescado bocanegra suele aparecer en las nasas de fondo junto al congrio y los cangrejos buey canario y rey./ ilustración ANA BAUTISTA Y ROSA D. MEDINA-OCEANOGRAFICA.COM

 

YO FUI EN EL CORREILLO / 6

 

Una noche en cubierta con frío y
chorizo de Teror

Por Luis Millares Sall (Totoyo)
(Timplista, fundador de la primera Academia de Timple del archipiélago)

Concluye aquí el relato iniciado por el autor en el número anterior. Corre el año 1947 y, con 12 años, se escapa de casa y salta a bordo del correíllo en el muelle de Santa Catalina del puerto de La Luz, rumbo a Tenerife.

La noche se hacía larga, no tanto por el gozo que yo sentía navegando, sino por el duro lecho de la cubierta en el León y Castillo y el frío en alta mar, sin una mísera manta con la que calentarme. En esos momentos sí que echaba de menos la leche caliente y los bizcochos de Moya, que mi madre me preparaba siempre para cenar en casa. Observaba con asombro la gente que salía a cubierta a vomitar, aferrada a las barandillas y exclamando improperios e insultos más propios de Néstor Álamo, que era el más deslenguado que yo había escuchado jamás. Fue entonces cuando uno de aquellos pobres soldados, tirado como yo en aquella maloliente cubierta y a los que yo me aferraba buscando algo de calor, sacó de uno de los grandes bolsillos del chaquetón militar un enorme pan con algo dentro. Me ofreció un cacho que acepté encantado y comprobé que en su interior contenía chorizo que olía a gloria; lógico, pues no era un chorizo cualquiera, ¡era de los de Teror!

Los que seguían con la angustia del mareo y que yo no comprendía –por lo feliz que me encontraba–, me gritaban desesperados: “¡pero cómo puede este niño comer con la travesía que tenemos…!” Y así hasta llegar de madrugada al puerto de Santa Cruz. Para mí era como descubrir una isla después de disfrutar de la navegación, aunque no fuera la primera vez: la primera, en realidad, fue con mis padres en un correíllo –cuyo nombre no recuerdo– rumbo a Arrecife de Lanzarote, pero entonces sólo tenía tres años y aún así tengo recuerdos muy borrosos de un camarote y un ojo de buey por el que me asomaba desde la litera, con mi padre señalándome el mar mientras navegaba.

La llegada y atraque al muelle de Santa Cruz de Tenerife se realizó con toda normalidad, y con el mayor regocijo de los pasajeros que, en su casi totalidad, sonreían satisfechos al ver que su pesadilla había terminado. Yo contemplaba con asombro las prisas por salir del barco de toda esa gente, con el rostro demacrado y ojeroso (como diría mi hermano Cho Juaá, “más amarillos que un bufo”). Yo, por el contrario, desembarcaba con pesar pues, aunque me quedaba todavía la vuelta, deseaba conocer lo que era navegar con la luz del día. Pienso también que aquella noche pudo haber sido más bonita si hubiera habido luna llena; como dice la copla “triste esta noche sin luna / para el marino en la mar; / pero más triste es amar / sin esperanza ninguna”. Aquí comenzaría ahora, en tierra firme, la segunda parte de mi histórica aventura, que tiene como protagonista nuestro instrumento más representativo: el timple.

Sí, el timple con el que yo solito me había iniciado con cinco años de edad y con el que ahora, con 12, tendría la oportunidad (y sin mis padres saberlo) de ser el primero en grabar en cintas de alambre –en un mini estudio de registro sonoro en la calle Bethencourt Afonso–, las primeras folías, isas, malagueñas y polcas rasgueadas y punteadas, ideadas por mí para este instrumento. Pero vamos por partes: desembarco del León y Castillo e inicio la caminata desde el muelle a la calle de Pérez de Rosas, a la casa de doña Aurora Perdomo, viuda de Martell. Logré llegar gracias a las indicaciones que la gente me iba dando por la calle. Era muy amiga de mi madre y se asombró al verme llegar. Allí me encontré con su nieto Pepito Brito (José Alfonso Brito Martell), quien me indicó dónde estaba el mini estudio al que me dirigí para grabar por primera vez el timple.

Santa Cruz de Tenerife desde el muelle donde atracaba el correíllo, en una foto fechada alrededor del año 1940./ foto FERNANDO BAENA (AFHC-FEDAC)

 

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